domingo, 16 de diciembre de 2007

¿Quienes eran los galos? ...pues, unos celtas de la vida


Al hablar de los Celtas, los escritores de habla inglesa se remiten con asiduidad a los irlandeses del medioevo, escoceses y galeses, mientras que los de habla hispana a los de Galicia. Ante el devenir histórico de las poblaciones celtas, o al ampliar algunas de sus particularidades, es que los Galos hacen su tímida aparición. Sin embargo, la Galicia española, el país de Gales, la Galitzia polaca, la Galacia e incluso el antiguo nombre de los celtas que habitaron Irlanda, derivan de los Galos.
Después de muchos años de buscar inútilmente materiales informativos en español sobre este pueblo, yo me pregunto si los amantes del mundo céltico que se expresan en esta lengua conocen a los galos. Y de no ser así, ¿puede estimarse de que hayan llegado a conocer, en realidad, a los Celtas?

El propósito de este sitio web, como el del libro que tengo en preparación, es de acercar a los hispanoparlantes que aman lo celta, el precioso universo de los Galos, ya que éstos son los pueblos celtas tradicionales que mejor han llegado a conocer los arqueólogos, historiadores y demás estudiosos del tema, a pesar de las grandes dificultades con que tropiezan día a día.

Este documento Contiene el tratamiento de cuatro temas básicos a la introducción de conocimientos sobre los pueblos celtas que habitaron las Galias: a) el problema que plantea el territorio que los antiguos romanos llamaron Gallia, contemplando también las diversas tribus que lo habitaron; b) el devenir histórico de esa región en la generalidad de las Galias; c) la primera Edad del Hierro o Cultura de Hallstatt; d) la segunda Edad del Hierro o Cultura de La Tène.
Al referirnos a la zona mediterránea, la actual Provence francesa, y al oppidum de Manching, hablamos de dos zonas en los confines de la Galia, una al sur y otra al norte, donde la evolución histórico-socio-cultural no era la misma que en la amplia franja que quedaba entre las dos. Particularmente, al referirse al sur francés, tanto hacia el Mediterráneo como hacia el Atlántico, resulta algo abusivo hablar de galos, máxime si se toma a estos como un mismo pueblo de cultura celta tradicional. Es conveniente plantearnos este problema desde dos aspectos: el político-geográfico, y el histórico-antropológico.

El problema de las Galias

El aspecto político- geográfico. Originalmente, los términos celta y galo son sinónimos, designando al mismo pueblo; el primero viene del griego «kelta», y el segundo del latín «gallo». Hacia el siglo IV a.C., los romanos tenían en los límites de Roma, más allá del Po, a tribus celtas _ senones, bóios y otros _ , que respondían a ciertas características que les eran comunes: altos, más bien rubios, ojos claros, más pendencieros que guerreros, compartiendo una misma lengua céltica. El intento romano de subestimarlos, no carente de humor, les hizo apodarles «galli» (gallos) por el aspecto bravío comparable a un gallo de riña. Es así que los romanos comienzan a llamar Gallia Cisalpina (de este lado de los Alpes) a la zona entre los Alpes y el valle del Po, y Gallia Transalpina (del otro lado de los Alpes) a una noción territorial habitada por estos mismos pueblos, más allá de los Alpes. Si bien la extensión total del territorio así llamado iba de los Pirineos hasta el Rhin, es Julio César en «De Bello Gallico» (la guerra de las Galias) quien decide que la frontera entre Galia y Germania es el Rhin. Así, Galia y Germania se vuelven dos nociones geográficas. Como lo expresa Suzanne Citron *, Galia es entonces un término que, a pesar de ser sólo una noción, se populariza por una comodidad lexical, sin validez científica, que va a ser usada abusivamente, planteando incluso confuciones, ya que ha habido pueblos galos instalados más allá de esa frontera.

En lo que respecta a la administración de Roma, no se trataba de una sola Galia sino de varias. En tiempos de Julio César, la Cisalpina ya había sido anexada a Roma; mientras que respecto de la Transalpina, él mismo distingue tres: la Gallia Belgica limitada por el océano Atlántico, los ríos Rhin, Marne y Sena; la Gallia Aquitana al sur, entre el Atlántico, el río Garonne, el limes (límites) con la Provincia Narbonnae (la Narbonesa) y los Pirineos; entre estas dos, desde el Atlántico al valle del Rhône (Ródano), y desde los ríos Sena y Marne hasta el río Garonne y el limes con la Narbonesa, la llamada Gallia Melenuna (melenuda) o Galia propiamente dicha ya que en ella se encontraban las tribus galas más características _es decir puramente celtas_. En esta división un poco antojadiza de Julio César falta incluir la ya entonces provincia romana de Narbonesa. La Narbonesa es la zona de la Francia actual correspondiente a sus regiones de Languedoc-Roussillon, al oeste del Mediterráneo desde los Pirineos hasta el valle del Rhône, y de Provence, al este del Mediterráneo entre el Rhône y los Alpes.

Nos encontramos así con cinco Galias cuya delimitación resulta cómoda a la hora de estudiarlas, pero donde el concepto de límite es en primer lugar caprichoso, ya que las características de cada una no coinciden con las fronteras geográficas que les han atribuido.



El aspecto histórico-antropológico. El devenir histórico del territorio que presenta esta amplia zona que los romanos englobaron como Galia, ha dejado numerosos trazos de civilizaciones que responden a diversos grados de desarrollo cultural, incluso al tratarse de pueblos parientes. Podemos decir que los galos de la Melenuna son los que responden completamente a la idea que tenemos hoy sobre los celtas tradicionales, mientras que los galos belgas lo hacen a características diferentes, quizás por tratarse de las tribus últimas en llegar, provenientes de una zona céltica más al centro de Europa, con excasos contactos con los de la Melenuna; mientras que estos últimos, al fusionarse con los pueblos que conquistan, ligures del Mediterráneo francés e íberos de los Pirineos orientales, originarán otras dos culturas con características propias.

Cuando hablamos de galos, hacemos generalmente referencia a aquellos que consideramos netamente celtas: los de la Melenuna. Y entre éstos también englobamos a los de la Bélgica, a pesar de tener con ellos quizás más diferencias que semejanzas. Mientras que los Celtíberos y los Celtoligures son harina de otro costal, a pesar de tratarse del resultado de la convivencia de aquellos galos con culturas diferentes, a las que han absorbido.

El desfazaje entre el concepto de Galia y el concepto de Galos, ven entonces, es total. Ni la Galia era una gran zona uniforme en un primer momento, ni tampoco lo fue tan distinta después. Del mismo modo que los habitantes de la Galia nunca respondieron a una misma característica, ni dejaron de moverse dentro del antojadizo territorio que los romanos delimitaron.

Entonces es oportuno pautar que llamaremos Galia al territorio más o menos comprendido al oeste de Europa, entre los Pirineos y el Rhin. Y Galos, a los indígenas que lo habitaban hasta la época de la conquista romana. Galos es así sinónimo de Celta, lo que es correcto. Lo importante es no olvidar que no todos los galos respondían a un mismo grado de celtitud.

Celtas: una Historia común

Entre el norte del Mar Negro y el Mar Caspio, a partir del quinto milenio a. C. se comenzará a distinguir una sociedad protoindoeuropea, la que desarrollará la cultura kurgana, cuya principal característica es la de inhumar a sus muertos bajo kurganes _ de donde toma su nombre _, que no son más que una variante de tumuli artificiales, con la característica de variar de altura según el rango social del difunto. El común del pueblo habitaba caseríos de viviendas hechas en madera, de plano más o menos rectangular, y semi subterráneas, con suelo apisonado de guijarros. Con una economía mixta, ganado y agricultura, a mediados del cuarto milenio a. C. invaden la región Transcaucásica, rica en metales, donde adquieren el dominio del trabajo del bronce, y con éste la capacidad de producir el armamento necesario para un expansionismo que comenzará a manifestarse no sin cierta lentitud. A mediados del tercer milenio a. C. , a pesar de que toda la región Norpóntica hace siglos que ya ha sido alcanzada por la cultura kurgana, estos pueblos cuyo recurso económico principal recidía en el ganado equino, necesitan buscar nuevas tierras donde proveerse del forraje necesario para la alimentación de un número de caballos que, como ellos, iba en aumento. Habiendo ya alcanzado el grado cultural con que hoy se reconocen a los pueblos indoeuropeos, grandes grupos comienzan una etapa de gran expansión: los escitas hacia el mar de Aral, los indoiraníes hacia Persia y hacia la India, los hititas hacia Anatolia, los itálicos hacia la península itálica, los helenos hacia Grecia, los germanos hacia el norte de Alemania.

Y los celtas hacia el sur de Alemania, Bohemia, y el este de Francia. Pero estos "celtas" no son más que otra comodidad lexical de las que todas las anécdotas de la Historia están plagadas _ y donde hablar de helenos, itálicos, indoiraníes e incluso de indoeuropeos, en esta época, es mucho decir; incluso anteponiendo a estos nombres el prefijo proto, sería una manera de adelantarles una evolución cultural que todavía no soñaban tener _ . Digamos más bien que se trataba de un numeroso grupo de Kurganes establecido en el centro de Europa, que hacia mediados del segundo milenio a. C. sufrirán ciertos cambios sociales y dialectales que originarán, mucho más tarde, una cultura céltica. Es a partir de ese milenio que se les puede comenzar a llamar protoceltas, que a veces también son designados con el nombre de Cultura de Tumuli. Hacia el año -1.500, ocupan un territorio encuadrado entre las actuales Repúblicas de Chequia y Eslovaquia, el sur de Alemania, el valle del Rhin, el centro y el este de Francia, con también algunos asentamientos en las Islas Británicas y en Irlanda.

Hacia el -1.200, estos pueblos, a los que algunos estudiosos consideran ya como celtas, alcanzan un grado de maestría en el trabajo del bronce que hasta el momento no tiene parangón. Hoy se los conoce como Cultura de los Campos de Urnas3 debido a que abandonan la varias veces milenaria costumbre de inhumación funeraria bajo tumulus por la incineración de los cadáveres, para luego depositar las cenizas en una urna, la que era enterrada en campos dispuestos para ese fin. Estos campos de urnas comienzan a encontrarse, progresivamente, más allá del territorio considerado aquí como protocéltico, por lo que se podría presumir de pequeñas hordas expansivas debidas a períodos de crisis o a la superpoblación, como también es probable que esta costumbre haya sido tomada como una especie de moda por los pueblos vecinos.

Es precisamente entre los años 1250 y 1200 a. C., comienzan a darse grandes cambios en las sociedades del Mediterráneo europeo; los que son de órdenes político, económico y cultural . Esta época está caracterizada por grandes migraciones, y por el desarrollo de la producción y manufactura de hierro , cuyo conocimiento debemos a la civilización hitita. La destrucción de su imperio por los asirios no permitió que el dominio de este metal , tan codiciado por los faraones, tuviese una rápida divulgación.

En los primeros siglos de la Edad del Hierro, éste era utilizado a través de los griegos para ser lentamente difundido por éstos hacia el sur de la Península Itálica, Asia Menor, y Oriente. Sin embargo en Europa, a pesar de tratarse de un metal más barato y accesible si lo comparamos con el bronce y el oro, su uso se limitó a la decoración de armas hasta los años -850 y -750; por lo que Europa vivirá una Edad del Bronce tardía hasta mediados del s. VIII a. C.

Grecia y Etruria, a partir de este siglo, se disputan la superioridad comercial en la cuenca del Mediterráneo, con preponderancia griega a partir de las colonias de Italia del Sur, de Sicilia, y ya en el siglo VII sobre las costas del Mar Negro, el sur de España, y la costa francesa del Mediterráneo. De esta manera, Grecia se vuelve la causa primera del desarrollo cultural de Europa central, a la que influencia a través de sus contactos comerciales, aportando su superioridad tecnológica. Pero esta zona de Europa también guarda la influencia de los pueblos parientes del este, que para esa época son denominados Culturas de las Estepas, que continúan viviendo de la agricultura y la ganadería, aunque ya de forma alternada, y que continúan sepultando a sus muertos como antaño.

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